martes, 16 de julio de 2013

El origen polinesio de las culturas megalíticas americanas



En su voluminoso estudio “Prehistoria de América”, Salvador Canals Frau no sólo sostiene el origen múltiple de la población amerindia, sino que también brinda diferentes testimonios sobre la influencia cultural polinesia en América. Seguidamente reproducimos el apartado tercero de la última parte de la obra citada (“Las Altas Culturas Americanas”). Se titula “Las culturas Megalíticas Americanas”.


Las primeras y más antiguas altas culturas americanas, las primeras civilizaciones, son de origen megalítico. Damos el nombre de “megalítico” a aquel grupo de culturas ya desaparecidas que en sus construcciones ceremoniales empleaban las grandes piedras, generalmente labradas pero sin argamasa, y de las que la estatuaria lítica de gran tamaño es uno de sus rasgos más característicos.
Mas este tipo de cultura no es exclusivo de América, y ni siquiera nació aquí, sino que vino con la corriente cultural polinesia, pues algunos característicos detalles de construcción, que no son sino adaptaciones a la situación reinante en el mundo insular, han de haber surgido en Polinesia y luego se aplicaron a similares monumentos americanos. Es por esto que consideramos a los restos arqueológicos existentes en este continente como una nueva prueba de la naturaleza polinesia de nuestra cuarta corriente de población. Fuera de Polinesia se encuentran también restos megalíticos en las regiones vecinas. Por ejemplo, en las islas Guam, Saipan y Tinian, del grupo de las Carolinas, en Micronesia, es posible aún hallarlos en cierta cantidad. Los hay también más al sur, en la Melanesia. Y más al oeste, en la Indonesia. Estas cuatro regiones, que constituyen justamente el área de dispersión de los elementos constitutivos de los Polinesios, forman un gran conjunto megalítico del mayor interés, aunque aún poco estudiado.
            Pero es en Polinesia misma donde los restos megalíticos no sólo son numerosos, sino también característicos. Y es precisamente con ellos que muestran la mayor afinidad los americanos. Hasta se podría afirmar que allí están los modelos de los que tenemos aquí. Ahí están, por ejemplo, las construcciones de índole ceremonial conocidas como maraes, que recuerdan nuestros Kalasasayas, y que se encuentran, sobre todo, en la Polinesia oriental; o el gran triliton Haamonga-a-Maui, de Tongatabu, en el grupo de las islas de los Amigos, que nos recuerda la llamada “Puerta del Sol” de Tiahuanaco, en Bolivia; o la escalera o terraza de más de cien metros de largo en Nukahiva, en las Marquesas, que tanta afinidad tiene con otros monumentos americanos. De la isla de Pascua, que es la isla polinesia más cercana a América, los restos megalíticos son por demás conocidos. Las estatua colosales, representaciones de los antepasados, que hoy se encuentran derruidas y abandonadas no lejos de las playas de lo que se creyera isla misteriosa, se hallaban antes sobre plataformas ceremoniales conocidas por ahus. Y vale la pena recalcar lo que ya nosotros habíamos observado, y que recientemente ha sido confirmado por el mejor conocedor de las construcciones líticas polinesias, Emory: que detalles constructivos tales como el colocar de canto una doble hilera de lajas con un rellano intermedio –que encontramos igualmente en ciertas estructuras monumentales antiguas de América, especialmente en Malargüé y Quemeto- son propios de la cultura polinesia, y resultado de la permanencia de sus portadores en un hábitat constituido por islas de coral.
En América, los restos megalíticos denotadores de antiguos centros de este tipo de cultura se encuentran sólo en la parte occidental del continente, precisamente en la que da cara a Polinesia. Se hallan escalonados a lo largo de la región cordillerana en toda la extensión que ocuparan las altas culturas, y siempre subyacentes a los posteriores florecimientos clásicos de Incas, Chibchas, Mayas y Toltecas. En consecuencia, no puede caber duda de que se trata de una extensa capa cultural que deriva de nuestra cuarta corriente, y que es la que ha servido de base al posterior surgimiento de las grandes culminaciones de la cultura indígena americana.
Restos megalíticos en este sentido los hay en América en abundancia. Recordemos algunos, aunque no a todos les corresponda un mismo valor. Pues mientras unos son conjuntos de construcciones, por lo que es dable inferir sean restos de antiguos centros de cultura megalítica, otros más reducidos, aparecen también con funciones más especializadas. Pero siempre representan la cultura megalítica. Comenzando, pues, por el sur, tenemos que Malargüé, en la provincia argentina de Mendoza, parece ser el más meridional. En esa estructura, que hasta hace poco permaneciera poco menos que ignorada, y que nosotros hemos estudiado, tanto en la idea constructiva como en la técnica de su realización, con sus gruesos muros de dos hileras de lajas puestas de canto y un relleno entre ellas, recuerda en muchos detalles a las construcciones polinesias.
En el Valle de Tafí, provincia de Tucumán, se encuentra también un interesante grupo de ruinas megalíticas. Fue visitado primero por Ambrosetti, luego por Lafone Quevedo. Bruch y Schreiter lo describieron más tarde, y en 1945 lo visitamos nosostros. Se trata, por una parte, de una serie de monolitos de varios metros de altura, algunos de los cuales ostentan figuras en bajo relieve que recuerdan un tanto a Cerro Sechín y Tiahuanaco. Y, por otra, de restos de alineamientos de piedras que bien pudieran ser los de una antigua estructura ceremonial, del mismo carácter de los kalasasaya. Desgraciadamente, el conjunto está ya casi completamente destruido y dispersados los monolitos. En el lugar sólo quedan algunos bloques degradados a funciones vulgares. Uno está expuesto en el Parque de la ciudad de Tucumán.
Siguiendo hacia el norte, encontramos un importante centro de cultura megalítica en Tiahuanaco. Lleva este nombre un pequeño lugar y estación de ferrocarril situado no lejos de La Paz, en Bolivia, y a escasa distancia de la actual ribera sudoriental del Lago Titicaca. Desde la misma época de la Conquista se conoce de ahí un conjunto numeroso de antiguas ruinas, las que en tiempos recientes han sido estudiadas por Posnansky, Gallo y otros. De entre ellas sobresale una importante construcción ceremonial llamada Kalasasaya, que es la que ha dado nombre a las otras estructuras de este tipo. Hay, además, estatuas, monolitos labrados y restos de todo orden, algunos de los cuales –como la ya mencionada Puerta del Sol- son de lo más conocido en Sudamérica. Tiahuanaco, que es antiquísimo y en mucho anterior a la cultura incaica, fue un importantísimo centro de cultura, pues sus influencias son discernibles no sólo en toda la región del lago Titicaca, sino en la mayor parte de Bolivia y Perú y hasta en Chile y la Argentina.
Al norte de Tiahuanaco está el antiguo centro de Chavín de Huántar, en la parte norte de Perú. La cultura que floreció ahí y en el vecino Callejón de Huaylas, irradió influencias por gran parte de la región, incluso la costa. Fue estudiada especialmente por el arqueólogo peruano Tello. Se caracteriza por sus grandes monolitos labrados, que son expresión en parte de un arte naturalista y en parte muy estilizado: los monolitos de Cerro Sechin pueden ser un ejemplo de lo primero. Las decoraciones son de bulto, en bajo relieve o incisas. Junto a la escultura hay pirámides escalonadas, templos, palacios, altares y galerías subterráneas.
Se puede mencionar también el antiguo centro peruano de Queneto, en el valle del Virú, no lejos de la moderna Trujillo. Fue descubierto y descrito primeramente por Larco Hoyle, quien lo dio como el más antiguo monumento de la costa norte del Perú y su primer santuario. Se trata en lo esencial de un doble recinto, construido con grandes piedras y doble hilera de lajas de canto con su correspondiente relleno, tal como se ve en Malargüé. Bennett, que luego lo visitara y practicara excavaciones en el recinto, lo da también como “templo” y le atribuye, igualmente, gran antigüedad. Imbelloni, que lo visitara también, le reconoció carácter de kalasasaya, expresando no ser ésta la única estructura ceremonial de este tipo que se encuentra en aquella región.
Más allá de Chavín de Huántar, en el sur de Colombia, se encuentra un importante centro de cultura megalítica, el de San Agustín, dado a conocer por Preuss. Está constituido por numerosas estatuas talladas en piedra, que en parte se encontraban en templos ubicados sobre mounds y que sin duda representaban deidades. Otras estaban colocadas sobre tumbas, y una tercera categoría está dada por una serie de columnas labradas que ejercían función de cariátides. A estas estatuas aisladas se agregan restos de templos, de adoratorios, de galerías subterráneas y hasta rocas naturales decoradas con dibujos incisos o en bajo relieve.
También en el departamento de Chontales, Nicaragua, existe un antiguo centro de cultura megalítica. Es de descubrimiento reciente, y hasta ahora sólo ha dado estatuaria trabajada en bajo relieve, y en lo que podríamos llamar superficie tridimensional. Se vincula con la de San Agustín y con la de La Venta, en el estado mexicano de Tabasco.
La Venta está también siendo estudiado, especialmente por el norteamericano Stirling. Es el más septentrional de la serie que aquí mencionamos. Fuera de una hilera de columnas, que podrían ser los restos de algún recinto ceremonial, lo más extraordinario del lugar son unas cabezas colosales talladas en redondo en grandes bloques de piedra. Las influencias de esta cultura son evidentes a través de una gran parte del sur de México y de Guatemala, donde los restos megalíticos de afinidad con La Venta son muy numerosos.
El significado principal de todas esas culturas megalíticas es que en su respectiva región ellas constituyen siempre la más antigua alta cultura conocida, de la que parecen derivar los demás florecimientos. Así, por ejemplo, culturas tales como la Incaica, Chimú y Chibcha, no sólo son posteriores a Tiahuanaco, sino que son muy evidentes en ellas las influencias de ese antiguo centro de cultura megalítica. De la de Chavín nadie ignora que es anterior a todas las demás civilizaciones de la costa norte de Perú, e incluso a la Mochica. No mucho más reciente ha de ser Queneto. De la de San Agustín cabe decir que los Chibchas habían perdido hasta el recuerdo de ella. Esto vale igualmente para Malargüé, sólo que en sus vecindades no surgió ninguna alta cultura. Tal vez sea esa la causa de que su recuerdo no se haya conservado en la memoria de ningún pueblo vecino. Finalmente, ha quedado bien demostrado en los últimos años que la de La Venta se halla en la base de la cultura maya, por un lado, y de los posteriores florecimientos culturales en el Valle de México y Oaxaca, por otro.
Por otra parte, todas esas culturas megalíticas están relacionadas entre sí. Malargüe y Tafí tienen vínculos con el Perú, Chavín de Huáncar con Tiahuanaco y San Agustín. Chontales con San Agustín y La Venta. Stirling ya había visto esa interdependencia general de las culturas megalíticas, pues, en uno de sus últimos trabajos, expresa, con respecto a la talla de la piedra en todos esos lugares, que “a pesar de que los estilos artísticos y la naturaleza de los monumentos difieren considerablemente a través de esa amplia región, parece evidente que existe interrelación entre todos ellos”.
Nuestras culturas americanas megalíticas se encuentran siempre en la base de las posteriores civilizaciones regionales y forman parte, por tanto, del Período Formativo. Sus comienzos han de hallarse dentro del primer milenio anterior a nuestra Era.



Salvador Canals Frau: Prehistoria de América. Buenos Aires, Sudamericana, 1976. La 1ª edición es de 1950.













No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada